Un cochazo de lujo de un político corrupto nos priva de muchas ambulancias públicas

La gaviota

El crimen organizado no debería volver a gobernar en este país

Su riqueza es nuestra miseria; sus lujos y privilegios, nuestros recortes; su whisky caro, nuestras lágrimas; su impunidad, un insulto a nuestra dignidad; sus mansiones, nuestros desahucios; sus excusas, otro insulto (en esta ocasión, a nuestra inteligencia); sus finiquitos en diferido, nuestra hambre de lo que antes debió ser y nunca fue. Son un cáncer de la democracia, esta pandilla de golfos descarados, que medran gracias a la indiferencia y a la indulgencia de muchos de nosotros. Aves de rapiña, vuelan torpemente para cometer sus fechorías, tan despreocupados porque el poder les da alas, a esta clase de truhanes políticamente correctos y humanamente reprobables. Algunos se sienten seguros en un nido llamado “aforamiento”. No tendrán sus señorías piojos en sus peinados engominados, ni en sus mechas de peluquería cara. Tan impecables en el aspecto y tan repugnantes en sus acciones. Mienten, manipulan, compran, venden y se esconden. Tienen a sus mercenarios de la información que les enaltecen lo que deberían ser vergüenzas. Estos amantes de lo ajeno nos jodieron suciamente. Su anunciada intención de venir a hacer las cosas como Dios manda, nos ha excomulgado del progreso. No tienen piojos, no, pero ellos mismos son los que chupan sangre, la mía, la tuya y la de todos, como vampiros sedientos de dinero. Robaron y se repartieron el botín con sus amistades. Amistades peligrosas para nosotros, pueblo llano, que los sufre como si fueran hemorroides. Nos han quitado derechos y libertades, recortado en sanidad, en educación y en muchos otros servicios públicos… y mientras tanto, no satisfechos con sus privilegios, recibían sobres y billetes. Desde su Mercedes nos han acusado de vivir por encima de nuestras posibilidades, al tiempo que nos anunciaban que no había dinero suficiente para poner más ambulancias públicas. No consintamos que sigan teniendo coches de lujo a nuestra costa, pues ha llegado el momento de darles barco.